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Apologetics Press :: Ciencia y la Biblia

La Locura de Ser Científicamente Erudito, Pero Bíblicamente Ignorante
por Bert Thompson, Ph.D.
[English]
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“Preferiría tener un trasfondo razonable de conocimiento de todos los libros de la Biblia que ser un experto en dos o tres libros, o en realidad, ser un experto en los libros del Antiguo o del Nuevo Testamento, con poco o nada de conocimiento de otro”.

— Dr. Rex A. Turner Sr.,
Fundador y rector
Universidad Cristiana del Sur

INTRODUCCIÓN

Poco después que creó los principios de la raza humana, Dios otorgó Su permiso a la humanidad para “señorear en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:28). Inherentemente en el enunciado de Dios habían dos preceptos: (1) que el hombre debía involucrarse en el procedimiento de estudio e investigación que finalmente le conduciría a un entendimiento apropiado del mundo alrededor de él; y (2) que el hombre debía ser un mayordomo responsable de los maravillosos regalos que Dios había provisto para él en la naturaleza.

A aquellos procedimientos de estudio e investigación que guiarían al hombre a un entendimiento apropiado de su mundo nosotros los llamamos apropiadamente “la ciencia”. Derivada del latín scientia, nuestra palabra en español ciencia significa “conocimiento”. Por ende, una de las metas de la ciencia es proveer al hombre con el conocimiento relevante del mundo que habita, y de su existencia en éste. Virgil Trout resumió estas ideas como sigue:

La Biblia reconoce la naturaleza multi-dimensional de la situación humana. El hombre es considerado en las escrituras como alguien quien tiene capacidades y necesidades físicas, intelectuales y morales. El concepto bíblico es que el hombre ha sido creado a la imagen y semejanza de Dios para llegar a ser, entre otras cosas, un mayordomo de la tierra. Esto significa simplemente que Dios pretendió que el hombre llegara a ser un científico... La consideración de la Biblia de la ciencia es que ésta es una disciplina del hombre, quien está ejerciendo sus derechos investidos por Dios para explorar el esplendido reino físico de su Padre (1970, 1[2]:48, énfasis en original).

La ciencia es efectivamente una empresa maravillosa, y aquellos que son sus practicantes están en una búsqueda admirable. Estos hombres y mujeres dedicados luchan para comprender las complejidades intrincadas de nuestra Tierra y Universo, y explorar y explicar sus misterios multitudinarios. La recompensa de su investigación sin fin—el conocimiento que puede impartir sabiduría—merece bien el tiempo y esfuerzo gastado en la búsqueda. ¿Quién entre nosotros puede dudar del valor del esfuerzo científico?

En nuestro tiempo y época, las historias de éxito científico, y las recompensas que éstas confieren, llegan prácticamente a la velocidad del rayo. Hoy en día los ciudadanos de los países más desarrollados están mejor alimentados, mejor vestidos, y más sanos de lo que alguna vez han estado. Las facilidades educacionales, médicas, industriales, de transporte e incluso recreativas están bastamente mejoradas, comparadas a las de aquellas generaciones pasadas. Nosotros somos la gente más inteligente, mejor educada, más móvil que alguna vez ha vivido en la Tierra. Las enfermedades mortales están siendo conquistadas, los periodos de vida están siendo incrementados, y la vida diaria está siendo más placentera como resultado de nuestros continuos avances científicos. Todo debería ser bueno para con nosotros, ¿pero lo es?

EL CIENTIFICISMO EN EL REINO SECULAR

Existen indicaciones crecientes de que aunque nuestra destreza científica ha crecido, nuestro conocimiento siempre-creciente de la creación ha causado que nuestro conocimiento del Creador disminuya. Desafortunadamente, esta situación se ha manifestado en el reino secular tanto como en el espiritual. Mientras que los científicos han disfrutado cada vez éxitos más frecuentes e impresionantes, una actitud se ha desarrollado sugiriendo que únicamente la ciencia puede proveer las respuestas a todas las preguntas de la vida. Tan temprano como en 1935, el filósofo agnóstico británico Bertrand Russell defendió exactamente tal punto de vista cuando observó: “Cualquier cosa que sea alcanzable, debe ser alcanzado por los métodos científicos; y lo que la ciencia no puede descubrir, la humanidad no puede saber” (1935, p. 243). Casi treinta años después, el evolucionista George Gaylord Simpson de Harvard repitió el mismo sentimiento cuando declaró: “Es inherente en cualquier definición de ciencia que los enunciados que no pueden ser chequeados por la observación no están diciendo nada, o a lo menos no son ciencia” (1964, p. 769). Por ende, con declaraciones que prácticamente rivalizan con el orden divino, nosotros fuimos informados que cualquier cosa y todo lo de importancia fue abordado, estudiado y definido por el científico y sus métodos. Todo conocimiento, se nos garantiza, fluyó de la ciencia.

Alienado por un éxito después de otro proviniendo de incursiones en el mundo natural, y borracho con auto-encaprichamiento, el hombre, en su orgullo egoísta, se deja llevar más lejos y más lejos de su Creador. La humanidad luchó para zafarse del abrigo moral, ético y espiritual de Dios, y del estándar objetivo provisto por Su Palabra. Finalmente—a los ojos de algunos—la misma ciencia adquirió el estatus de dios. El Creador-Dios nunca más fue necesitado. La ciencia había reemplazado Su infinita sabiduría, y la evolución orgánica había reemplazado Su poder creativo. “Después de Darwin”, dijo Don Julian Huxley, “no era más necesario el deducir la existencia de propósito divino para los hechos de adaptación biológica” (1946, p. 87). En la Convocación del Centenario de Darwin celebrada en la Universidad de Chicago en 1959, Huxley se jactó:

En el modelo evolutivo de pensamiento no existe más necesidad o lugar para lo sobrenatural. La Tierra no fue creada; ésta evolucionó. Así también todos los animales y plantas que la habitan, incluyendo nuestra misma mente y alma humana también como nuestro cerebro y cuerpo. Así también la religión (1960, 3:252-253).

Esta clase de pensamiento es generalmente conocido como cientificismo—la idea que sugiere que la ciencia debe ser vista como el todo de la realidad ya que provee la llave a todo el conocimiento. Tal actitud está basada en lo que es conocido en entornos filosóficos como la falacia del reduccionismo. Al cometer esta falacia, los partidarios del cientificismo han reducido el total a una de sus partes integrales. Todo lo de importancia final en el mundo ha sido relegado a la disciplina de la ciencia.

Desde luego, esto está terriblemente equivocado, y presenta un punto de vista torcido de la realidad que es imposible defender. La mayoría de gente, cuando es presionada, admitiría que hay ciertas áreas críticas de existencia humana con las cuales la ciencia simplemente no puede tratar (e.g., la moralidad, la estética, y el amor altruista—para mencionar solo pocos). La ciencia no puede hablar con autoridad en tales asuntos, ya que estos yacen más allá del alcance de su método que, por definición, trata solamente con cosas que son universales, reproducibles a voluntad, sin tiempo, y fiables. No obstante, no es mi propósito aquí el examinar los varios aspectos del cientificismo, ya que he tratado con estos en amplitud en otra parte (vea Thompson, 1981a, 1981b, 1981c, 1981d, 2000).

EL CIENTIFICISMO EN EL REINO ESPIRITUAL

La popularidad creciente de todas las cosas científicas, y el éxito abrumador de los científicos en tantas áreas diversas de la existencia humana, han tenido también un efecto perjudicial sobre los creyentes de la Biblia. Ciertamente es seguro decir que la persona promedio de nuestro tiempo conoce mucho más acerca de la ciencia y mucho menos acerca de la Biblia que la gente común de medio siglo atrás. La tecnología moderna nos prometió que si la abrazamos sinceramente, ésta reducirá nuestro estrés, nos concederá más tiempo libre, y enriquecerá nuestras vidas. Aunque cuando prestamos atención al llamado de la sirena, descubrimos que aunque nuestras vidas fueron, de hecho, enriquecidas en muchas maneras, nuestro nivel de estrés continuó creciendo, mientras que nuestro tiempo libre continuó decreciendo. Los juegos de computadoras nos desafiaban; la televisión nos atraía; el Internet nos asombraba; y el tiempo para hacer simples cosas de antaño—como leer la Palabra de Dios—nos eludía. Nosotros llegamos a estar fascinados con toda cosa científica. Fuimos testigos de los éxitos científicos incomparables. Nos maravillamos de su poder irregular. Y fuimos impresionados—¡grandemente!

Pero ¿qué pasará cuando el coqueteo del hombre con, y el conocimiento de, la ciencia acelera—mientras que su relación con, y el conocimiento de, su Creador degenera? Las posibilidades son tanto pasmosas y espantosas. Desafortunadamente, la verdad es que nosotros ya estamos comenzando a ver los resultados trágicos de nuestra fascinación insaciable por los asuntos científicos, y nuestra negligencia voluntaria de los asuntos espirituales. En el pasado, los creyentes de la Biblia fueron personas que poseían un conocimiento activo duramente-ganado del Libro, y quienes fueron diligentes en poner ese conocimiento en uso. No obstante, hoy en día nosotros somos mucho más expertos en discutir asuntos científicos que asuntos espirituales—ya que nuestro conocimiento del primero pesa mucho más que nuestro conocimiento del último. Y no es un secreto que, en ocasiones, la teoría científica no está de acuerdo con la enseñanza bíblica. Entonces, ¿qué recurso está disponible cuando el conocimiento científico está aparentemente reñido con la Biblia?

Primero, uno simplemente debe reconocer que la Biblia es, de hecho, inspirada por Dios (2 Timoteo 3:16,17), y como tal es precisa en sus interpretaciones. Si tal persona ha estudiado el asunto o asuntos a la mano, y está seguro que su entendimiento de las Escrituras es correcto, reverenciará a la Palabra de Dios como exactamente eso—la Palabra de Dios—y aceptará sus enseñanzas como fidedignas, a pesar de las afirmaciones contrarias del tiempo moderno.

Segundo, una persona puede desestimar el registro bíblico como un poco más que folclor antiguo—digno de aproximadamente igual admiración y reverencia que las fábulas de Esopo. Tal actitud rechaza la aseveración de inspiración, y en cambio rinde homenaje a la vanidad científica y filosófica actual.

Tercero, uno puede clamar—de toda apariencia exterior—aceptar la Biblia como aquella que habla acertadamente en cualquier asunto que aborda, mientras compromete del todo sus enseñanzas. Por ende, mientras tal persona pretende respetar a la Biblia, realmente está ocupada sembrando semillas de compromiso. Esta es la persona que espera ver lo que la “ciencia” dice antes de hacer cualquier determinación sobre el asunto. Si la ciencia está en oposición a la Biblia, las Escrituras deben ser “corregidas” para calzar con las interpretaciones científicas. Nunca se nos dice que la ciencia deba corregir su punto de vista; en cambio, el registro bíblico debe ser alterado para calzar con la información científica actualmente imperante. La persona en esta categoría tiene un conocimiento fatal de la Biblia, pero está muy enamorado de la ciencia, que ya no importa lo que la Palabra de Dios diga acerca de algún tema dado. La ciencia siempre toma precedencia. Como el erudito del Antiguo Testamento Edward J. Young observó:

Lo que golpea a uno inmediatamente al leer tal enunciado es la baja estimación de la Biblia que implica. Siempre que la “ciencia” y la Biblia están en conflicto, es siempre la Biblia que, en una manera u otra, debe ceder el lugar. No se nos dice que la “ciencia” debería corregir sus respuestas a la luz de la Escritura. Siempre esto es al revés. (1964, p. 53).

CIENTÍFICAMENTE ERUDITO, PERO BÍBLICAMENTE IGNORANTE

En tiempos como estos, cuando la “gente en el banco de la iglesia” está tan mal informada y pobremente educada en asuntos bíblicos, ellos llegan a ser presa fácil para aquellos que intentan comprometer la Escritura. Esto es especialmente verdadero cuando aquellos que defienden el compromiso son oradores públicos refinados que son bien educados y científicamente entrenados. Cuando ellos hablan, es con autoridad científica convincente. Y, cuando la gente acepta lo que oye, lo incorpora dentro de su sistema de creencia personal, y lo pasa a otros como “verdad”, finalmente se levanta una generación que “no conoce a Jehová” ya que, al final, la reverencia por la Palabra de Dios ha sido reemplazada por la admiración de, y completa dependencia en, todas las cosas científicas. Desafortunadamente, es clara la evidencia de que esto está ocurriendo con frecuencia creciente.

Uno de los científicos más populares en la comunidad religiosa hoy en día es Hugh N. Ross, fundador y presidente de Reasons to Believe (Razones para Creer), un trabajo sin fines de lucro dedicado a los temas de la Biblia y la ciencia. Ross obtuvo su Ph.D. (doctorado) en astronomía de la Universidad de Toronto, y sirvió por un tiempo como ministro en la Iglesia Congregacional en Sierra Madre, California. Él es un escritor prolífico de quien su libro de 1989, The Fingerprint of God (La Huella Dactilar de Dios), llegó a entrar en la lista de los libros rústicos mejores vendidos de la Asociación Cristiana de Libreros. El Dr. Ross es también un orador realizado quien tiene un programa de televisión de extensión nacional (en los Estados Unidos) visto semanalmente en la Trinity Broadcasting Network (TBN). No obstante, lo más importante es el hecho de que el Dr. Ross es el portavoz principal de la doctrina conocida como creacionismo progresivo—un concepto del cual la proposición de sus defensores está opuesta a la evolución ateísta, pero que claramente también está opuesta a la interpretación literal y abierta del relato de la creación del Génesis. El mismo Dr. Ross ha definido el creacionismo progresivo como “la hipótesis de que Dios ha incrementado la complejidad de la vida sobre la Tierra por creaciones sucesivas de formas nuevas durante billones de años mientras que milagrosamente cambia la tierra para acomodar la nueva vida” (1990).

Ross acepta y promueve, entre otras numerosas ideas: (2) el punto de vista del Big Bang del origen del Universo; (2) una Tierra y Universo antiguo de una edad de billones de años; (3) la Teoría del Día-Edad, que sugiere que los días de Génesis 1 fueron realmente de millones o billones de años cada uno, en vez de 24 horas en duración; (4) un diluvio local de Noé, en vez de una inundación global; y (5) la integridad de la columna geológica evolutiva concerniente a su estipulación de que la vida fluyó de lo simple a lo complejo (vea Ross, 1994). Irónicamente, El Dr. Ross asevera que su punto de vista está basado sobre una interpretación literal de la Biblia. Por ende, cuando muchos creyentes en la Biblia le oyen, están fuera de guardia y mucho menos probables para detectar los errores que él defiende. No obstante, muchos de nosotros hemos visto de primera mano a dónde guiaron los puntos de vista de Ross. En The Fingerprint of God (La Huella Dactilar de Dios), él escribió:

Más que hablando solamente de la existencia de Dios, la creación, de acuerdo con Romanos 1, también revela verdades esenciales acerca del carácter de Dios, que incluiría su deseo y medios para formar una relación con el hombre. Como una ilustración de la accesibilidad de esa información, la Biblia incluye un relato de un personaje antiguo, Job (Job 7-19) quien, sin la ayuda de las escrituras, y en oposición a la religión de sus compañeros, discernió todos los elementos del “evangelio”, las buenas nuevas de cómo el hombre puede encontrar la vida eterna en Dios. Por ende, la creación revela todos los pasos necesarios para desarrollar una correcta relación con Dios. Estos pasos son corroborados singularmente por la Biblia (1991, pp. 181-182, énfasis en original).

El conocimiento científico del Dr. Ross puede ser considerado impresionante, pero juzgando por su defensa de la falsa doctrina del creacionismo progresivo y su incorrecta posición sobre la eficacia de la revelación natural de Dios, ciertamente no se puede decir lo mismo concerniente a su conocimiento bíblico. Es verdad que Dios ha provisto una revelación de Sí mismo en la naturaleza (Job 12:7,8; 26:13,14; Salmos 19:1,2; 97:6; Hechos 14:17; 17:24-28; Romanos 1:20,21; vea también Thompson y Jackson, 1996). Es igualmente verdadero que esta revelación (conocida como revelación “general” o “natural” ya que está encontrada generalmente alrededor de la humanidad en la naturaleza), puede testificar, dentro de sus límites, de la existencia del Creador (vea Thompson, 2000, pp. 85-114). Pero sugerir que la creación “revela todos los pasos necesarios para desarrollar una relación correcta con Dios” ¡está terriblemente equivocado!

¿Dónde, en la creación, aprendemos: (a) que el hombre pecaminoso está en necesidad de salvación delante de un Dios Todopoderoso; (b) acerca del amor de Dios en enviar a Su Hijo para morir por nuestros pecados y proveer el regalo gratuito de la salvación?; (c) ¿de la existencia de la iglesia—la comunidad de los salvados de Dios en la Tierra; (d) cómo adorar y servir a Dios como Él ha mandado; (e) de la importancia de la obediencia a la ley de Dios; o (f) acerca de la existencia del cielo o del infierno? Ninguna de estas cosas es provista por revelación natural. La revelación especial—i.e., la revelación de Dios—es necesitada para instruir al hombre exactamente acerca de lo que Él demanda y espera. Solamente dentro de la Biblia puede ser encontrada la revelación que responde a las preguntas anteriormente mencionadas. En el panorama de Hugh Ross, la revelación natural llega a ser preeminente ya que, después de todo, está basada en la evidencia empírica. Entonces, finalmente, el hombre ya no necesita más la revelación especial de Dios para instruirle en asuntos como el plan de salvación, santificación, justificación, gracia, o cualquier otro tema.

Sugerir que la Biblia no es fiable en sus enunciados acerca de la actividad de Dios en la creación del Universo (como el creacionismo progresivo enseña), y que la creación sola “revela todos los pasos necesarios para desarrollar una correcta relación con Dios”, finalmente causará preguntas reflexivas para rechazar sus enseñanzas sobre los temas teológicos. Jesús remarcó: “Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?” (Juan 3:12). Si Jesús y Sus escritores nos dijeron cosas “terrenales” y nosotros no estamos dispuestos a creerlas, ¿cómo se puede esperar de nosotros el creer los enunciados de aquellos mismos hombres concernientes a los asuntos espirituales fundamentalmente importantes? El resultado final es que una persona llega a conocer demasiada ciencia, y muy poca Biblia. Él no solamente coloca su propia alma en peligro, pero también causa que otros coloquen las suyas en peligro.

CONCLUSIÓN

Durante Su ocupación terrenal, Jesús abordó el concepto de ser científicamente erudito pero espiritualmente ignorante. En una ocasión, al dirigirse a las multitudes Él dijo:

Cuando veis la nube que sale del poniente, luego decís: Agua viene; y así sucede. Y cuando sopla el viento del sur decís: Hará calor; y lo hace. ¡Hipócritas! Sabéis distinguir el aspecto del cielo y de la tierra; ¿y cómo no distinguís este tiempo? (Lucas 12:54-56).

Lastima de aquella gente. Ellos eran científicamente educados—pero bíblicamente ignorantes. El Hijo de Dios permaneció en medio de ellos, y ellos estuvieron tan preocupados con asuntos físicos que pasaron por alto completamente los asuntos espirituales que Jesús se estaba esforzando para presentarlos a ellos. El Señor llamó a esa gente de Su tiempo “hipócritas”—una reprensión mordaz y efectivamente apropiada.

Pero ¿qué de la gente de nuestro tiempo quienes cometen el mismo error? ¿Será su condena algo menos severa (Juan 12:48)? Ellos han sobre-enfatizado la ciencia, y des-enfatizado lo espiritual. ¿Con qué resultado? Al principio, la gente abandona su respeto por Dios y Su Palabra. Luego, ellos ven que su fe mengua ya que la “sabiduría” del hombre ha reemplazado la de Dios (vea 1 Corintios 1:18-25), causando que su fe esté tan pobremente fundada y tan debilitada que no puede sostenerse a sí misma o a ellos a través de las pruebas y tribulaciones de la vida. Después de que todo fue dicho y hecho, el precio que pagamos por ser científicamente eruditos pero bíblicamente ignorantes demostró ser demasiado alto. Lo triste es que todo esto pudo haber sido evitado si nosotros simplemente hubiésemos prestado atención a la admonición de Pablo para procurar con diligencia presentarnos a Dios aprobados, como obreros que no tienen de que avergonzarse, que usan bien la Palabra de verdad (2 Timoteo 2:15). Yo presenté este artículo con una cita del fallecido Rex A. Turner Sr., fundador, ex presidente, y primer rector de la Universidad Cristiana del Sur en Montgomery, Alabama.

Preferiría tener un trasfondo razonable de conocimiento de todos los libros de la Biblia que ser un experto en dos o tres libros, o en realidad, ser un experto en los libros del Antiguo o del Nuevo Testamento, con poco o nada de conocimiento de otro.

Si todo creyente de la Biblia creería así, ¡qué diferencia tremenda podría hacer esto! Nosotros, como los de Berea, recibiríamos la palabra con toda solicitud, “escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11). Y haciendo esto, ganaremos para nosotros mismos no solamente “un trasfondo razonable de conocimiento de todos los libros de la Biblia”, sino también protección en contra de ser golpeados de un lado hacia otro por la teoría científica más reciente. Podemos regresar—rápidamente—a los años de antaño cuando éramos llamados “un pueblo del Libro”, y cuando no estábamos avergonzados de ser conocidos como tales.

REFERENCIAS

Huxley, Julian (1946), Rationalist Annual. See also: L.M. Davies (1947), “The Present State of Technology,” Transactions of the Victoria Institute (London: Victoria Institute), 79:70.

Huxley, Julian (1960), “The Evolutionary Vision,” Issues in Evolution, [Volume 3 of Evolution After Darwin], ed. Sol Tax (Chicago, IL: University of Chicago Press), pp. 249-261.

Ross, Hugh (1990), Dinosaurs and Hominids (Pasadena, CA: Reasons to Believe), cinta de audio.

Ross, Hugh (1991), The Fingerprint of God (Orange, CA: Promise Publishing).

Ross, Hugh (1994), Creation and Time (Colorado Springs, CO: Navpress).

Russell, Bertrand (1935), Religion and Science (London: Oxford University Press; reprinted in 1961).

Simpson, George Gaylord (1964), Science, p. 769.

Thompson, Bert (1981a), “What is Science?,” Reason & Revelation, 1:2-3, January.

Thompson, Bert (1981b), “How Does Science Work?,” Reason & Revelation, 1:9-11, March.

Thompson, Bert (1981c), “The Limitations of Science and Its Method,” Reason & Revelation, 1:21-23, June.

Thompson, Bert (1981d), “Scientific Humanism,” Reason & Revelation, 1:25-27, July.

Thompson, Bert (2000), Creation Compromises (Montgomery, Alabama: Apologetics Press), second edition.

Thompson, Bert and Wayne Jackson (1996), The Case for the Existence of God (Montgomery, AL: Apologetics Press).

Trout, Virgil R. (1970), “Some Relationships of the Bible and Science,” Spiritual Sword, 1[2]:47-49, January.

Young, Edward J. (1964), Studies in Genesis One (Nutley, NJ: Presbyterian and Reformed).



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