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Apologetics Press :: Temas Doctrinales

Jesucristo—¿Salvador Singular o un Fraude Común? [Parte 1]
por Kyle Butt, M.A. y Bert Thompson, Ph.D.
[English]
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Un estudiante universitario de primer curso entró a su primera clase de Religiones Comparativas. Él había venido a la universidad preparado—o así pensó—para cualquier ataque de la universidad. Después de todo, él era un cristiano fiel, y había sido criado por padres cristianos dedicados quienes, a través de la crianza, le habían enseñado acerca del Hijo de Dios singular, enviado del cielo, nacido de una virgen, hacedor de milagros y resucitado de los muertos a Quien él reverenciaba, servía y amaba. Sus maestros de clase bíblica y los predicadores cuyos sermones había oído por los dieciocho años pasados, similarmente habían reforzado en su mente el concepto que no había otro en la historia completa del mundo como Jesucristo. De hecho, él joven estudiante había crecido pensando que incluso nadie estaba cerca de parecerse o imitar al hijo nazareno del carpintero.

Sin embargo, este joven estudiante estaba a punto de ser impactado en su vida. Prácticamente el primer día de clase, el profesor comenzó a recitar muchas historias similares acerca de varios “salvadores” de otras religiones del pasado—muchos que, supuestamente, también nacieron de vírgenes, pudieron realizar milagros, fueron crucificados para salvar a la humanidad y resucitaron después de sus muertes. Este estudiante no estaba preparado para oír a su profesor sugerir que la historia de Jesucristo como el Salvador de la humanidad no era completamente única. De hecho, se sorprendió completamente al escuchar que el profesor documentaba el hecho que habían circulado historias con héroes similares por décadas—e incluso siglos—antes del nacimiento de Jesús de Nazaret. Mientras miraba que su creencia en la singularidad de Su Señor se desvanecía delante de sus propios ojos, el joven comenzó a preguntarse: ¿Se le había enseñado incorrectamente? ¿Fue Jesús realmente el único Hijo de Dios, o fue simplemente uno de entre muchos personajes del pasado que reclamaron ser salvadores personales únicos pero que al final no lo fueron? ¿Quiénes fueron estos otros supuestos “Salvadores singulares”? ¿Fueron tan distintivos como reclamaron ser, o como sus seguidores afirmaron que fueron? Y ¿de qué manera estas reclamaciones afectan las enseñanzas bíblicas acerca de Jesucristo como el Hijo de Dios, y de qué manera impactan la fe de una persona?

Durante su lucha por arreglárselas con la información nueva que el profesor había presentado tan elocuentemente (¡y tan contundentemente!), este joven tropezó con lo que se conoce como “disonancia cognitiva”—la confusión que se experimenta cuando se nos presenta información nueva que contradice lo que se cree como verdadero. Mientras luchaba por consistencia, el joven se dio cuenta que tenía que abandonar lo que creía que era verdadero, o de alguna manera debía desmentir (y por ende descartar) la información nueva desafiante.

Cuanto más estudiaba minuciosamente el tema, la primera opción parecía llegar a ser más probable—y más perturbadora. Y la segunda opción parecía ser más imposible. Si no se hacía algo, su lucha alcanzaría un nivel de duda verdadera, y su confianza en la singularidad del Salvador que había amado y obedecido por mucho tiempo desaparecería completamente. ¿Cómo se le podía ayudar—o, realmente, se le podía ayudar? ¿Era el material al que se le había expuesto algo confiable? ¿O se podía refutar este material—dejando intacta su fe personal en Cristo? Las respuestas a estas dos preguntas son el fundamento de esta serie de dos partes sobre “Jesucristo—¿Salvador Singular o Fraude Común?”.

¿QUIÉNES SON ESTOS OTROS “SALVADORES SINGULARES”?

La historia está llena de ejemplos de aquellos cuyas vidas—reales o imaginarias—comparten similitudes con la vida bien-documentada de Jesús de Nazaret. Tales relatos a menudo componen una parte del currículum en los cursos de religión comparativa de nivel universitario, y proveen un buen punto de partida para cualquier estudio de la singularidad de Jesús.

Por ejemplo, considere a Dionisos, un dios mitológico bien-conocido. La historia usual de su nacimiento cuenta que fue descendiente de Zeus, el líder inmortal de los dioses griegos que tuvo una relación con una mujer humana llamada Sémele, hija de Cadmo, Rey de Tebas (vea Graves, 1960, p. 56). Se dice que Dionisos descendió al hades y conquistó la muerte, trayendo finalmente a su madre de regreso a la tierra de los vivos. También se dice que murió y resucitó. Sus seguidores le llamaban Lisio o Redentor, y a menudo se usaba jugo de uva para simbolizar su sangre. Philip J. Brown anotó: “Muchos cristianos se horrorizarían al pensar que Jesús en algunas maneras es una manifestación de Dionisos, pero los paralelismos son complejos y profundos.... Como Jesús, Dionisos es un dios cuya pasión trágica se representa al comer su carne y beber su sangre” (2000). El culto a Dionisos alcanzó Roma en el año 496 a.C., pero se ha estado realizando mucho antes de ese tiempo. Las similitudes en los relatos de Dionisos y Jesús [como también en el relato de Osiris, el dios egipcio de la fertilidad y el gobernante del hades, que se abordará a continuación]—desde sus nacimientos singulares hasta sus resurrecciones y sus vidas conmemoradas en modo similar por sus seguidores—son realmente llamativas. De hecho, en su libro de 1999, Los Misterios de Jesús (The Jesus Mysteries), Timothy Freke y Peter Gandy abordaron extensamente estas similitudes para sostener la idea que el Jesús del cristianismo nunca existió, sino fue nada más que un personaje mitológico de la antigüedad. Él escribió:

Cuando estudiamos más las distintas versiones del mito de Osiris-Dionisos, llegó a ser más obvio que la historia de Jesús tenía todas las características de este cuento de hadas antiguo. Evento por evento, descubrimos que pudimos construir la supuesta biografía de Jesús de los adornos míticos relacionados a Osiris-Dionisos:

  • Osiris-Dionisos es Dios hecho carne, el salvador y el “Hijo de Dios”.
  • Su padre es Dios y su madre es una virgen mortal.
  • Nace en una cueva o establo humilde el 25 de diciembre delante de tres pastores.
  • Ofrece a sus seguidores la oportunidad de nacer de nuevo a través de los ritos del bautismo.
  • Milagrosamente convierte el agua en vino en una ceremonia nupcial.
  • Monta en un asno triunfantemente y entra a la ciudad mientras que la gente mueve hojas de palmeras para honrarle.
  • Muere en el tiempo de la Pascua por los pecados del mundo.
  • Después de su muerte desciende al infierno, luego al tercer día se levanta de los muertos y asciende al cielo en gloria.
  • Sus seguidores esperan su regreso como juez durante los Últimos Días.
  • Su muerte y resurrección se celebran por un ritual en el que se come pan y vino, lo cual simboliza su cuerpo y sangre.

Estos son sólo algunos de los adornos entre los cuentos de Osiris-Dionisos y la biografía de Jesús. ¿Por qué no se conoce comúnmente estas similitudes remarcables? (p. 5).

No obstante, Dionisos no es el único personaje mítico del pasado cuya vida se asemeja a la de Jesús. Prometeo es otro dios legendario y mitológico que experimentó una muerte similar a la de Cristo. La historia de Prometeo circuló originalmente alrededor del año 547 a.C. También, considere a Krisna, el dios hindú antiguo que supuestamente experimentó una muerte similar a la de Cristo. Se le ha representado colgado en una cruz, con agujeros en sus manos y pies. ¿Cuál fue su título?—“Nuestro Señor y Salvador”. Krisna supuestamente se “levantó de los muertos” y luego “ascendió al cielo” (Doane, 1882, p. 215). Incluso se cuenta que supuestamente dijo: “Haced lo bueno por vuestro propio bien, y no esperad vuestra recompensa en la Tierra” (Graves, 1875, p. 112). Cristo empleó la misma idea en Mateo 6. Pero la historia de Krisna data del año 1200 a.C.

Los paralelismos continúan. En el Papiro egipcio de Ani (también conocido como El Libro Egipcio de los Muertos), que data entre el año 1450 y 1400 a.C. (vea Budge, 1960, p. 220), el dios Osiris demanda el título Rey de Reyes, Señor de Señores y Príncipe de Príncipes (Budge, p. 352). En su libro intrigante, Mitos Bíblicos y Sus Paralelismos en Otras Religiones (Bible Myths and Their Parallels in Other Religions), T.W. Doane observó: “Después que Osiris, el Salvador egipcio, fue muerto, se levantó de los muertos y llevó el título ‘El Resucitado’” (p. 221, énfasis en original). Ani, el escritor de Osiris, se describe como alguien “cuya palabra es verdadera” (Budge, p. 384). En la parte final del papiro, se provee un credo específico que supuestamente puede justificar la entrada a la eternidad a la persona que la guarda. El credo dice lo siguiente: “He dado pan al hambriento, agua al sediento, ropa al desnudo y transporte al que no tenía transporte” (Budge p. 587). El escritor de este papiro pudo haber copiado las palabras de Jesús en Mateo 25:31-46—excepto por algo: el Papiro de Ani data del año 1400 a.C.—más de mil años antes que Cristo hiciera su aparición terrenal.

Además, en el año 550 a.C. Confucio dijo: “No hagáis a otros lo que no queréis que se os haga”. Cristo pronunció un enunciado casi idéntico casi 600 años después de Confucio cuando dijo: “Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Lucas 6:31).

También existen similitudes entre las historias de Buda y Jesús. En el artículo de la portada de la edición del 27 de marzo de 2000 de la revista Newsweek sobre “El Otro Jesús” (“The Other Jesus”), Kenneth L. Woodward comentó que “la vida de Jesús y Buda son sorprendentemente similares”, y luego continuó señalando que estos líderes religiosos desafiaron las enseñanzas de su tiempo, supuestamente nacieron de vírgenes y realizaron milagros (135[13]:58-59).

Algunos críticos de la Biblia han sugerido que se pudieran citar historias como estas por docena. De hecho, en un debate público con el teísta Norman Geisler (realizado en la Universidad Columbus en Columbus, Georgia el 29 de marzo de 1994), Farell Till, un ex cristiano que se volvió escéptico, declaró exactamente eso cuando dijo a la audiencia:

Amigo, quiero que pare y piense seriamente por solo un momento. Sé cuánto emocionalismo está involucrado en esto, pero por favor entienda algo. Hubo salvadores-dioses crucificados, resucitados y nacidos de vírgenes por docenas para ese tiempo (1994).

Aunque fue un defensor enérgico de la singularidad de Cristo, Stephen Franklin corroboró el enunciado de Till en un artículo en el Examen Evangélico de Teología (Evangelical Review of Theology) cuando escribió: “En vez de ser única para el cristianismo, la encarnación parece ser una posesión universal de la herencia religiosa de la humanidad” (1993, p. 32).

Los críticos de Cristo han usado tales paralelismos una y otra vez al intentar establecer su opinión que Jesús de Nazaret no es un personaje único, ni un salvador digno. Por ejemplo, tres semanas después que se publicara en Newsweek el artículo de Kenneth Woodward sobre Jesús, apareció una carta al editor (escrita por Don Zomberg de Wyoming, Michigan) en la edición del 20 de abril de la revista. En respuesta a un enunciado citado en el artículo de Woodward, el cual sugería que “Cristo es absolutamente original y absolutamente único”, el Sr. Zomberg escribió en desacuerdo cuando dijo: “No hay nada que pueda ser más contrario a la verdad. La leyenda de Jesús es nada más que una variante de religiones antiguas comunes para el Oriente Medio miles de años atrás” (2000, 135[16]:17). Tal actitud—que radica en el hecho que existen paralelismos históricos y mitológicos entre Jesús y otras personalidades religiosas—es probablemente más frecuente de lo que muchas personas creen.

Desde luego, los escépticos contemporáneos que usan tal argumento con la esperanza de desacreditar la singularidad y deidad de Cristo no pueden atribuirse su origen. La historia registra que casi dos mil años atrás los apologistas de la iglesia antigua estuvieron muy ocupados respondiendo al mismo argumento. Por ejemplo, Agustín de Hipona (354-426 d.C.) declaró en su Doctrina Cristiana:

Los lectores y admiradores de Platón calumniosamente se atreven a declarar que nuestro Señor Jesucristo aprendió todos esos dichos de Platón, a quien están inspirados a admirar y alabar—ya que (ellos instan) no se puede negar que Platón vivió mucho tiempo antes de la venida de nuestro Señor (2:28, paréntesis en original).

Agustín refutó el argumento al sugerir que Platón había leído al profeta Jeremías y luego había incorporado convenientemente las enseñanzas de Jeremías a las suyas. Pero el punto es claro: tan pronto como el año 400 d.C., los escépticos y enemigos de la cruz estuvieron lanzando dardos de plagio en contra de Cristo y Sus seguidores.

Al investigar adicionalmente la historia de la apologética cristiana, se llega a descubrir algo aún más interesante. Los apologistas antiguos no solamente reconocieron que la historia y enseñanzas de Jesús tenían similitudes llamativas a los relatos mitológicos antiguos, sino incluso enfatizaron estas similitudes al intentar que los paganos entendieran más acerca de Jesús y Su misión. Justino Mártir (100-165 d.C.) presentó un argumento en su Primera Apología que tenía el propósito de fijar a Cristo a lo menos en un campo de juego equivalente a los dioses mitológicos antiguos.

Si declaramos que el Verbo de Dios nació de Dios en una manera peculiar, diferente a la generación ordinaria, dejemos que esto, como se dijo anteriormente, no sea algo extraordinario para ustedes, quienes dicen que Mercurio es el verbo angélico de Dios. Pero si alguien objeta que Él fue crucificado, en esto también Él está al mismo nivel con los supuestos hijos de Júpiter.... Y si nosotros incluso afirmamos que Él nació de una virgen, acepte esto al igual que lo acepta en el caso de Perseo. Y cuando decimos que Él curó al cojo, al paralítico y al nacido ciego, parece que decimos lo que se asemeja mucho a las obras que Esculapio supuestamente hizo (Capítulo 22).

Tertuliano (ca. 160-220 d.C.) observó que la historia de Rómulo, otro personaje de la mitología griega antigua que “fue visto” después de su muerte, era muy similar a la historia que indica que Cristo fue visto después de Su muerte. Sin embargo, Tertuliano continuó señalando que las historias de Cristo eran mucho más ciertas porque estaban documentadas por la evidencia histórica (Apología, 21).

Aunque los paganos antiguos vieron (y los escépticos modernos todavía ven) tales similitudes como pruebas en contra de la originalidad y singularidad de Cristo, los escritos de los hombres como Agustín, Justino Mártir, Tertuliano y otros documentan el hecho que los cristianos antiguos tenían en cuenta, e incluso daban la bienvenida, a las similitudes entre la historia de Jesús y los relatos de dioses paganos mitológicos. Además, algunos de esos cristianos incluso aprovecharon esas mismas similitudes para defender la posición de Jesús como el único Hijo de Dios. Desde luego, el punto de los apologistas fue doble: (1) los hombres del pasado habían buscado un salvador-dios único y, al no encontrar ninguno, recurrieron a inventarlo y le otorgaron ciertas características distintivas; y (2) ese Salvador—que en el pasado fue dotado con características únicas de su misma creación débil—¡realmente había venido!

Los cristianos necesitan reconocer un factor innegable, un factor confirmado por la mitología, la historia e incluso los apologistas cristianos antiguos: que los documentos antiguos revelan que la historia de Cristo no es la primera historia alguna vez contada de un salvador-dios nacido virginalmente, crucificado, resucitado, que hizo maravillas y que supuestamente murió por los pecados de la humanidad. Estos documentos también revelan que se puede compilar—a veces casi verbalmente—muchas de las enseñanzas de Cristo de fuentes que estuvieron en circulación cientos y miles de años antes que Jesús naciera. Los apologistas antiguos reconocieron estos hechos porque fueron, y son, muy incuestionables.

Y esto nos lleva otra vez al tema que atormentaba al estudiante universitario que mencionamos al comienzo. Al considerar estos hechos, ¿cómo podemos afirmar que Jesús es el único y auténtico Hijo de Dios—si existieron historias similares a la de Él cientos de años antes que Él llegara a la Tierra? ¿Qué respuesta podemos presentar delante de las acusaciones de los críticos de la Biblia? ¿Y qué garantía podemos ofrecer al joven estudiante en cuanto a la legitimidad de su fe?

¿POR QUÉ UN JESÚS COMÚN?

Antes de contestar la pregunta principal de esta serie de dos artículos, la pregunta obvia que se debe hacer es: ¿Por qué quisiera alguien declarar que la historia de Jesús es común o es un plagio? Probablemente existen varias respuestas que se pudieran ofrecer para tal pregunta. Pero a causa de las limitaciones de espacio, nos enfocaremos solamente en dos. Primero, es un hecho simple que quienes no aceptan a Dios, y quienes aceptan un punto de vista completamente naturalista del origen del Universo y sus habitantes, deben encontrar alguna manera de explicar la singularidad de Cristo y la singularidad del sistema religioso que Él instituyó. Al abordar este punto, el fallecido James Bales escribió:

Si alguien acepta un relato naturalista y evolutivo del origen de la religión, creerá que se puede explicar el cristianismo naturalmente. Su mismo enfoque ha descartado la posibilidad de la revelación sobrenatural de Dios en Jesucristo (s.d., p. 7).

El eminente evolucionista británico, Don Julian Huxley declaró:

En el patrón evolutivo del pensamiento no existe más necesidad o espacio para lo sobrenatural. La Tierra no fue creada; esta evolucionó. Así también lo hicieron los animales y las plantas que la habitan, incluyendo nuestro ser, mente y alma humana también como nuestro cerebro y cuerpo. Así también la religión (1960, pp. 252-253, énfasis añadido).

Los que creen que el Universo y la vida en él evolucionaron en una manera naturalista igualmente deben encontrar una causa totalmente natural para cada faceta de la vida. La religión es una de estas facetas, y por tanto, según el naturalista, también debe haber evolucionado—exactamente como Huxley sugirió. No es difícil ver por qué un evolucionista pensaría que es inevitable creer que la historia de Jesús se originó de historias más antiguas. De hecho, decir que la historia de Jesús “evolucionó” de historias más antiguas es declarar nada menos lo que la teoría de la evolución enseña en otras áreas de la existencia humana. El ateo Joseph McCabe explicó: “En realidad, lo que vemos es evolución en religión. Ideas pasadas de generación a generación, un poco de innovación aquí y otro poco allá, añadiendo o refinándolas un poco más. El río lento de la evolución humana ha llegado a sus rápidos” (1993, p. 72, énfasis añadido).

Segundo, aunque algunos pueden ser motivados a buscar un origen puramente naturalista para la religión, otros enseñan que la historia de Jesús se derivó de mitos y leyendas judías y/o paganas más antiguas. Como Bales continuó observando, algunos han sugerido que “se considera a Cristo y al cristianismo como desarrollos naturales del judaísmo y paganismo” (s.d., p. 7). Esa misma posición fue defendida por los ex creyentes que se convirtieron en apóstatas, Timothy Freke y Peter Gandy, en Los Misterios de Jesús (The Jesus Mysteries) [que es nada más que un asalto total a la divinidad de Cristo].

Nosotros dos hemos sido criados como cristianos y nos sorprendimos averiguar que, a pesar de los años de exploración espiritual imparcial, todavía sentíamos que era peligroso incluso atreverse a pensar en tales cosas. El adoctrinamiento temprano llega hasta lo más profundo. De hecho, ¡estábamos diciendo que Jesús era un dios pagano y que el cristianismo era un producto herético del paganismo! Esto parece ser escandaloso. Pero esta teoría explicaba las similitudes entre las historias de Osiris-Dionisos y Jesucristo en una manera simple y elegante. Estas eran parte del desarrollo de los mitos....

La historia de Jesús tiene todos los sellos de un mito; este el caso ya que es exactamente un mito.... ¿Por qué consideraríamos las historias de Osiris, Dionisos, Adonis, Attis, Mitra y otros salvadores del Misterio Pagano como fábulas, pero cuando nos cruzáramos con una misma historia contada en un contexto judío, creeríamos que esta es la biografía de un carpintero de Belén?

Hemos llegado a convencernos que la historia de Jesús no es la biografía de un Mesías histórico, sino un mito basado en historias paganas antiguas. El cristianismo no era una revelación nueva o única sino realmente una adaptación judía de la antigua religión del Misterio Pagano. Por esta razón la hemos llamado La Tesis de los Misterios de Jesús....

La explicación obvia es que tan pronto como el cristianismo llegó a dominar el poder en el mundo pagano antiguo, se llegó a incluir los adornos populares de la mitología pagana en la biografía de Jesús.... Se “prestaron” estos adornos del paganismo de la misma manera que se adoptaron festivales paganos como días cristianos sagrados.... La historia de Jesús es un mito antiguo...no simplemente una historia de eventos que pasaron 2,000 años atrás (1999, pp. 9-10,2,6,13, énfasis en original).

Así que, aunque existiera realmente una persona literal conocida como “Jesucristo”, él no fuera nada más que eso—una persona literal. Las reclamaciones de sus seguidores (e.g., Su entrada inusual al mundo, Sus actividades inusuales durante Su estancia en la Tierra, Su salida inusual de este mundo, etc.) hubieran surgido “después de los hechos” como resultado de la influencia o el plagio de fuentes paganas y/o judías antiguas.

No es la historicidad de Cristo la que está en juego aquí (por ejemplo, vea Butt, 2000); los incrédulos e infieles de toda clase hace mucho han reconocido Su existencia. En cambio, el tema tiene que ver con lo que Jesús de Nazaret reclamó ser—el “unigénito” Hijo de Dios.

LA FACULTAD RELIGIOSA DEL HOMBRE Y LAS “SIMILITUDES DEL SALVADOR”

Lo cierto es que muchos relatos durante el curso de la historia se asemejan al de Jesús de Nazaret en una manera o en otra. ¿Y por qué debería sorprendernos esto? Después que Adán y Eva comieron del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal, el hombre llegó a enterarse profundamente de la presencia y consecuencias del pecado. Desde el tiempo de Caín y Abel, Dios ha establecido sacrificios y ha decretado reglas específicas concernientes a esos sacrificios. Desde ese tiempo, el ser humano ha tenido al menos alguna clase de idea—aunque pequeña o defectuosa—de la necesidad de “hacer algo” para ser justificado una vez más delante de su Creador. Una manera de hacerlo era proveer un “sustituto”—alguien que pudiera tomar su lugar—como la personificación perfecta a favor de su caso ante el Juez Justo de toda la Tierra (cf. Génesis 18:25).

No obstante, también se puede argumentar que las similitudes que hemos listado (y, en realidad, muchas otras como estas) son solamente similitudes, no paralelismos exactos. También se puede argumentar que aunque la historia de Jesús parezca similar a otras, no es exactamente la misma; en efecto, difiere significativamente en los detalles minuciosos. Por ejemplo, supuestamente Krisna fue crucificado por medio de una flecha que traspasó sus brazos, mientras Jesús fue clavado a una cruz. Confucio presentó la forma negativa de la así-llamada “regla de oro” (“No hagáis a otros”), mientras Jesús declaró la forma positiva (“Haced a otros”). La madre de Dionisos, Sémele, supuestamente tuvo una relación con Zeus, mientras María era virgen. Esta línea de razonamiento tiene algo de mérito ya que ciertamente es verdad que ninguna de las historias antiguas suena exactamente como la de Cristo.

Al mirar más de cerca la leyenda egipcia de Osiris podemos notar un buen ejemplo de muchas diferencias importantes entre el relato de Jesús y otras historias. La leyenda cuenta que Osiris fue asesinado por su malvado hermano, Seth, quien desgarró el cuerpo de Osiris en catorce pedazos y los esparció por todo Egipto. Isis, la diosa asociada con Osiris, recogió los pedazos y los sepultó, dando vida a Osiris en el hades. Después ella usó artes mágicas para revivir a Osiris y concebir un hijo (Horus) con él. Después de engendrar a Horus, Osiris permaneció en el hades, realmente sin levantarse alguna vez de los muertos (Encyclopaedia Britannica, 1997, 8:1026-1027). Considerándola totalmente, esta leyenda presenta pocos, o ningún paralelismo real con la historia de Jesús. Además, cuando se narra completamente todas las historias en cuanto a personajes que supuestamente fueron similares a Cristo, es obvio que cada una de estas solo contienen unas pocas características que se asemejan a la historia de Jesús. Adicionalmente, algunos de los supuestos paralelismos tienen fuentes dudosas y pueden haber sido falsificadas.

Sin embargo, existen algunas semejanzas en varias leyendas: un héroe sobrenatural que hace milagros, muere para salvar a la humanidad (algunas veces crucificado) y es resucitado en alguna forma u otra, derrotando así la muerte. Aunque los detalles minuciosos son muy diferentes, las similitudes generales son lo suficientemente parecidas para demandar una explicación. Como ilustración, suponga que alguien tomara nuestro artículo que tiene derechos de autoría, usara un diccionario para cambiar muchas de las palabras y después pusiera su nombre sin nuestro conocimiento o permiso. Nosotros consideraríamos a esta persona como un plagiario obvio. Aunque el artículo nuevo puede ser “único” en sus pequeños detalles, en su contexto general todavía sería una copia. En una manera similar, no es suficiente que los cristianos clamen que la historia de Jesús no se originó de una (o más) de las muchas historias antiguas al decir simplemente que los detalles pequeños son diferentes. Debemos ofrecer un argumento mejor y más convincente que esto si queremos defender la legitimidad de la historia de Jesucristo.

La Naturaleza Independiente de Historias Similares

A comienzos del siglo veinte, Joseph McCabe, uno de los ateos más directos de su tiempo, publicó varias obras, incluyendo El Mito de la Resurrección (The Myth of the Resurrection, 1925), ¿Realmente Vivió Jesús? (Did Jesus Ever Live?, 1926) y Cómo “Triunfó” el Cristianismo (How Christianity “Triumphed”, 1926). En 1993, la Editorial Prometeo (note que el título de esta editorial secular es el nombre de uno de los dioses griegos que supuestamente era similar a Jesús) republicó estas obras en un libro titulado El Mito de la Resurrección y Otras Obras (The Myth of the Resurrection and Other Essays). McCabe documentó minuciosamente las similitudes entre la historia de Jesús y las historias paganas como la de Osiris, Adonis, Tammuz y Attis, aunque señaló específicamente: “Es una característica muy importante de nuestra historia que esta leyenda de un dios muerto y resucitado surgió en partes muy diferentes del mundo civilizado antiguo. Tammuz, Attis y Osiris son tres creaciones separadas e independientes de la imaginación creadora de mitos” (1993, p. 45, énfasis añadido). Por ende McCabe reconoció que estas historias paganas con temas similares no fueron copias de alguna de ellas, o de alguna historia predominante antigua. En cambio, surgieron separadamente—e incluso independientemente. McCabe admitió: “Por alguna razón...la mente del hombre en la mayoría de lugares del mundo, llegó a concebir una leyenda de muerte y resurrección.... De hecho, en una forma u otra existía una creencia mundial que el dios, o un representante del dios [rey, prisionero, efigie, etc.], murió, o que debía morir cada año” (pp. 52,53, énfasis añadido; corcheas en original). En su conclusión, McCabe escribió: “En resumen, debo decir que la creencia universal en un dios muerto y resucitado arroja luz en cuanto a la creencia cristiana al mostrarnos una estructura mental universal que muy fácilmente creó un mito de resurrección en muchos lugares” (p. 63, énfasis añadido). Aunque fue un incrédulo, McCabe de buena gana reconoció que muchos (y diferentes) mitos de resurrección surgieron de varias religiones alrededor del globo, teniendo hechos similares pero una derivación original. Estas historias surgieron aparentemente a causa de lo que él describió como una “estructura mental universal”. Pero a pesar de esa evidencia, en la página 69 de su libro, McCabe concluyó: “El hombre no tiene instinto religioso”.

El Instinto Religioso de la Humanidad

Debido a una “estructura mental universal”, la gente alrededor del mundo inventó independientemente historias que se centraban en un dios muerto y resucitado. Estas historias traspasaron los límites de la geografía y el tiempo; en un sentido literal, son “mundiales” y “universales”. Pero ¿se espera que creamos que la gente de diferentes países y culturas que crearon estas historias “no tienen instinto religioso”? El hecho que McCabe haga los reconocimientos que hizo, pero que llegue a esta conclusión, desafía toda explicación racional.

En realidad el hombre tiene instinto religioso—más profundo de lo que muchos teólogos admitirían. Hablando de Dios, el escritor de Eclesiastés remarcó: “Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos” (Eclesiastés 3:11, énfasis añadido). Pablo dijo que la humanidad siempre ha podido entender el “eterno poder y deidad” de Dios (Romanos 1:20). Dios no puso al hombre en la Tierra para abandonarlo. En cambio,

De una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos (Hechos 17:26-28, énfasis añadido).

Dios realmente ha “puesto eternidad” en los corazones de los hombres y les ha dado un instinto universal que tiene el propósito de motivarles a buscar a Dios.

En su libro, Por qué Creemos en la Biblia (Why We Believe the Bible), el fallecido George DeHoff comentó: “No se ha encontrado ninguna nación o tribu que no crea en un Ser Sobrenatural de alguna clase y que practique la religión en alguna forma” (1944, p. 42). Él está absolutamente en lo correcto. Pero no solamente los creyentes han presentado y documentado esta clase de información. Incluso los incrédulos han estado forzados a concluir esto a causa de la evidencia histórica y científica.

Más de setenta años atrás, Clarence Darrow y Wallace Rice juntaron sus fuerzas para editar un libro titulado Incrédulos y Herejes: La Antología de un Agnóstico (Infidels and Heretics: An Agnostic’s Anthology). Dentro de la cubierta, la descripción del contenido de los libros sugería que contenía “la mejor colección de las obras más importantes de los más grandes agnósticos, escépticos, incrédulos y herejes del mundo”. En la página 146, los compiladores citaron al famoso escéptico, John Tyndall:

La religión vive no por la fuerza y ayuda del dogma, sino porque está arraigada en la naturaleza del hombre. Tomando una metáfora de la metalurgia, se ha quebrado los moldes y se los ha reconstruido una y otra vez, pero el mineral fundido permanece en el cacillo de la humanidad. Una influencia tan profunda y permanente probablemente no desaparezca pronto... (1929).

Aproximadamente cincuenta años después, Edward O. Wilson de la Universidad de Harvard (a quien se le conoce como el “padre” de la disciplina biológica de la sociobiología) escribió un libro titulado Sobre la Naturaleza Humana (On Human Nature). En la cubierta interna Wilson declaró que su meta era “nada menos que completar la revolución darviniana al constituir el pensamiento biológico como el centro de las ciencias sociales y las humanidades”. Wilson escribió: “La predisposición de la creencia religiosa es la fuerza más compleja y poderosa en la mente humana, y con toda probabilidad es una parte inextirpable de la naturaleza humana” (1978, p. 167). Él continuó diciendo que “los escépticos continúan alimentando la creencia que la ciencia y el aprendizaje descartarán la religión, lo cual consideran que es nada más que un montón de ilusiones”; pero la idea que el aprendizaje y la tecnología superior despojarán a la humanidad de su naturaleza religiosa “nunca ha parecido ser tan vana como hoy” (p. 170).

EL SACRIFICIO PERFECTO

Entones, ¿cómo condujo el instinto de adorar a Dios a la creación de numerosas historias acerca de salvadores-dioses nacidos de vírgenes que mueren como un sacrificio por los pecados de la humanidad? Primero, esto comenzó con la idea del sacrificio. Desde el momento que Adán y Eva fueron expulsados del Huerto del Edén, el hombre supo profundamente que era un ser pecador que necesitaba redención. El ser humano también entendió que se necesitaba algún tipo de sacrificio expiatorio para absolverle del pecado. El escritor del libro de Hebreos observó que “por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín” (11:4). De manera extraña, los escépticos parecen entender este punto muy bien. A finales del siglo diecinueve, T.W. Doane atacó enérgicamente las doctrinas de Cristo y la Biblia. Su obra, Mitos Bíblicos y Sus Paralelismos en Otras Religiones (Bible Myths and Their Parallels in Other Religions, 1882), agredió a cada fundamento de la doctrina cristiana. Pero incluso él entendió que la humanidad se ha dado cuenta de su propio pecado y su necesidad de un sacrificio expiatorio. Él escribió: “Se ha predicado la doctrina de la expiación por el pecado mucho tiempo antes que se dedujera esta doctrina de las Escrituras cristianas, mucho antes del tiempo que se alega que estas Escrituras se redactaron” (p. 181). El erudito en Biblia R.C. Trench comentó:

Las naciones que no pudieron haber aprendido esto la una de la otra, las naciones de culturas muy diversas, desde las más altas hasta las más bajas, difieren en todo, pero están de acuerdo en algo, es decir, en el ofrecimiento de seres vivos delante de Dios—o, en el caso que la idea de un Dios se haya perdido, delante de los “muchos dioses” del paganismo—siendo la característica esencial de esa ofrenda en cada caso el sacrificio de la víctima (s.d., p. 177).

Los que quieran desafiar el enunciado de Trench pueden examinar cualquier libro de historia universal o religiones universales y ver que él está en lo correcto. Abel ofreció lo mejor de su rebaño, y desde ese día en adelante, la humanidad comenzó a ofrecer sacrificios vivos a un dios con la esperanza de aplacar la ira y recibir el perdón del pecado. De hecho, la humanidad ha sacrificado seres vivos a varios dioses desde el principio del tiempo. Pero ¿qué sacrificios particulares, pensaba la humanidad, tenían el poder de perdonar los pecados? La regla general del valor expiatorio de un sacrificio era: si el sacrificio era más costoso y más perfecto, absolvía más pecados.

Cuando Dios inició el sacrificio ritual de animales para las ceremonias religiosas de Su pueblo escogido, estableció reglas estrictas. En Levítico 22:19-20, Dios dijo a los judíos: “Ofreceréis macho sin defecto de entre el ganado vacuno, de entre los corderos, o de entre las cabras. Ninguna cosa en que haya defecto ofreceréis, porque no será acepto por vosotros”. El Señor siempre ha demandado que se derrame sangre para la remisión de los pecados. Hebreos 9:22 reitera ese punto: “Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión”. Esto no es una sorpresa ya que “la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona” (Levítico 17:11).

Durante la historia la humanidad ha conocido muy bien los mandamientos de Dios en cuanto a la expiación por medio de sangre. Esto comenzó con Caín y Abel, fue reafirmado por Noé (Génesis 9:1-6), fue regulado por la ley del Antiguo Testamento y fue cumplido por Jesús. Cuando Dios instituyó la Ley de Moisés, no introdujo el sacrificio de animales como una innovación que los israelitas nunca habían visto. Al contrario, mostró a los israelitas la manera adecuada de sacrificar esos animales, hasta que viniera el tiempo en que el sacrificio de Su Hijo pusiera término a los sacrificios de animales. Al mostrarles la manera adecuada, Dios guardó a los hijos de Israel de la práctica equivocada de sacrificar a sus propios hijos inocentes como los paganos alrededor de ellos. En Levítico 18:21, Dios dijo a los hijos de Israel: “Y no des hijo tuyo para ofrecerlo por fuego a Moloc; no contamines así el nombre de tu Dios. Yo Jehová”. Dios hizo muchas cosas para advertir a los israelitas a no ofrecer a sus hijos como sacrificios porque se conocía muy bien que las naciones alrededor de ellos participaban en esta clase de infanticidio. Surge la pregunta, “¿Qué cosa pudiera convencer a una madre o a un padre a ofrecer a sus hijos a un dios?”. Investiguemos este asunto adicionalmente.

Wendy Davis escribe para Widdershins, una revista que se auto-declara como una publicación del paganismo no-adulterado. En un artículo en la Web, titulado, Tan Antigua como la Luna: El Sacrificio en la Historia (As Old as the Moon: Sacrifice in History), ella declaró: “El acto de homicidio ritual es probablemente tan antiguo como nosotros [los humanos—KB/BT]. Durante los tiempos, la gente hacía sacrificios cuando necesitaba algo. Nuestros antepasados a menudo daban lo mejor que tenían para salvarse, a sus primogénitos” (1995, énfasis añadido). La posesión más preciosa de una madre o un padre sería su primer hijo nacido. No obstante, ese hijo no solamente sería precioso, sino sin pecado. El sacrificio de cualquier cosa menor a lo impecable y puro denigra el valor inherente del sacrificio. Por ende, se creía que un sacrificio sin pecado y puro de tal magnitud podía borrar los pecados de los padres (o, en realidad, ¡los pecados de una villa completa!). Por tanto, surgieron religiones corruptas y perversas relacionadas al sacrificio de los niños, de las cuales una de las más famosas fue la de Moloc (vea 2 Reyes 23:10).

Pero aunque el sacrificio de los niños llenaba el aspecto sin pecado de un sacrificio perfecto, todavía no era suficiente en otras áreas. Por ejemplo, un niño “ordinario” de padres campesinos no era el sacrificio disponible más costoso; un niño de un rey sería aún mejor. Así que, como Davis observó, los reyes finalmente sacrificaron a sus propios niños para pacificar a “los dioses”.

Pero el sacrificio de un niño real todavía no representaba el sacrificio perfecto, ya que el niño no era sacrificado por su propia voluntad. Un sacrificio voluntario de sangre real llegaría a acercarse más a la ofrenda perfecta. En un artículo titulado Ningún Sacrificio Mayor (No Greater Sacrifice), que apareció en Widdershins, un escritor sugirió: “El sacrificio voluntario es más interesante. ¿Por qué alguien quisiera sacrificarse por lo que cree? Hablando históricamente, debemos considerar a los reyes sagrados que se sacrificaban por el pueblo” (vea Andy, 1998). Sí, un rey que se ofrecía voluntariamente sería casi el sacrificio perfecto. El único problema con tal concepto era que ningún rey había vivido una vida perfecta. Como el escritor de Widdershins correctamente observó, al intentar resolver este dilema, “[f]inalmente a alguien se le ocurrió la idea de un sacrificio final. Un sacrificio que valdría por todos los sacrificios de todos los tiempos. Pero ¿a quién se podía ofrecer? Debía ser alguien muy importante; incluso los reyes no eran lo suficientemente buenos. Claramente, solamente un dios sería lo suficientemente bueno para ser considerado como el sacrificio final” (Andy, 1998). Por tanto, es claro por qué incluso el mundo pagano demandaría un sacrificio que fuera sin pecado, real y más sublime que el humano. Doane declaró: “La creencia de la redención del pecado por medio del sufrimiento de una Encarnación Divina, sea por muerte en la cruz o por algún otro medio, era general y popular entre los paganos, siglos antes del tiempo de Jesús de Nazaret” (1882, pp. 183-185).

Una vez que comprendemos la necesidad de la muerte de un salvador-dios, no es difícil entender por qué la humanidad quisiera (y necesitara) verle derrotar a la muerte. El escritor del libro de Hebreos abordó este mismo punto cuando escribió que Cristo se dio a Sí mismo como sacrificio para que pudiera “librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (2:15). El hombre teme a la muerte tal vez más que a cualquier otra cosa en la Tierra. Por esta razón los griegos inventaron a Hércules—mitad hombre y mitad dios—para conquistar el hades, y los egipcios crearon a Osiris. Ciertamente un salvador-dios que se ofreciera voluntariamente como el sacrificio para toda la humanidad, pudiera derrotar al enemigo más temido de la humanidad—la Muerte. Así que la idea de un salvador-dios sacrificial, que derrota la muerte victoriosamente a través de su resurrección, llegó rápidamente a la mente de la gente que reconocía su necesidad de perdón y que quería desesperadamente vivir más allá de la sepultura.

Y así, a causa de una “estructura mental universal”, diferentes tribus y religiones—con el paso de los años—formularon sus versiones personales de lo que pensaron que un salvador-dios resucitado debía ser y debía hacer. Algunos dijeron que sería desgarrado en catorce pedazos y esparcido a través de Egipto (e.g., Osiris). Otros dijeron que luciría como un hombre pero poseería fortaleza física sobrenatural y descendería al hades para conquistarlo (e.g., Hércules). Pero una cosa es verdadera: los cuentos acerca de héroes que salvaban a la humanidad estaban en los labios de casi todo cuentista. Trench declaró correctamente:

Nadie que estudia juiciosamente los registros pasados de la humanidad puede negar que por toda su historia se ha extendido la esperanza de la redención del mal que la oprime, como tampoco puede negar que esta esperanza se ha conectado continuamente a alguna clase de hombre singular (s.d., p. 149).

Pero ¿se puede sostener que el único salvador esperado por toda la humanidad era, y es, Jesús?

[continuará]

REFERENCIAS

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Trench, R.C. (sine data), Christ the Desire of All Nations; or the Unconscious Prophecies of Heathendom, (Searcy, AR: Bales Publications).

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