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Apologetics Press :: Temas Doctrinales

El Principio de la Autoridad
por Dave Miller, Ph.D.
[English]
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Una de las enseñanzas principales de la Biblia es que todos los seres humanos tienen la obligación de someterse a la autoridad de Dios y Cristo. Pablo expresó este principio extremadamente importante en su carta a los hermanos en Colosas: “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús” (3:17) ¿Qué quiso decir el apóstol con esta declaración? ¿Qué significa la expresión: “en el nombre del Señor”?

Lucas corroboró el enunciado de Pablo al proveer la respuesta. Poco después del establecimiento de la iglesia de Cristo en la Tierra (Hechos 2), las autoridades judías estuvieron extremadamente enfurecidas ya que los apóstoles estaban esparciendo conceptos cristianos a través de Jerusalén. Así que llevaron a Pedro y a Juan a su reunión y demandaron saber, “¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto? (Hechos 4:7, énfasis añadido). La palabra “poder” (griego dunamei) tiene una relación estrecha con el concepto de autoridad (Perschbacher, 1990, p. 108), y está relacionada con exousia—la palabra común para autoridad (cf. Lucas 4:36; Apocalipsis 17:12-13). W.E. Vine listó ambos términos bajo “poder” (1966, p. 196). “Autoridad” (exousia) hace referencia al poder, el gobierno, la autoridad o la jurisdicción (cf. Betz, 1976, 2:608)—“el poder de autoridad, el derecho de ejercer poder” y “el derecho de actuar” (Vine, pp. 152,89,196). Incluye las ideas de “poder absoluto” y “mandamiento judicial” (Arndt y Gingrich, 1957, p. 277), como también “la ‘concesión’, el ‘derecho’ o el ‘control’ que una persona tiene sobre algo” (Moulton y Milligan, 1982, p. 225). Estos líderes religiosos estaban demandando saber por medio de qué autoridad estaban actuando los apóstoles. ¿Quién les había dado el derecho de enseñar lo que estaban enseñando? ¿Qué fuente autoritativa aprobaba sus acciones particulares? La respuesta de Pedro fue “en el nombre de Jesucristo” (Hechos 4:10). En otras palabras, los apóstoles no estaban promulgando sus propias ideas. Simplemente estaban presentando lo que Jesús les había autorizado previamente y lo que estaban comisionados a presentar (cf. Mateo 16:19; 18:18; 28:18-20). Pedro puso fin al incidente al concluir: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (vs. 12, énfasis añadido). Se puede lograr la salvación solamente por la autoridad, aprobación, autorización y requerimientos de Cristo. Nadie más en el planeta tiene derecho o autorización de extender salvación a alguien.

La Escritura frecuentemente usa “en el nombre de” como un paralelo para “por el poder y/o la autoridad de”. Hans Bietenhard señaló que la fórmula “en el nombre de Jesús” significa “según su voluntad e instrucción” (1976, 2:654). Por tanto, en Hechos 4:7 “[s]e usa nombre y ‘poder’...como sinónimos” (2:654). Vine dijo que “nombre” en Colosenses 3:17 significa “en reconocimiento de la autoridad de” (1966, p. 100; cf. Perschbacher, p. 294). Moulton y Milligan dijeron que “nombre” hace referencia a “la autoridad de la persona”, e hizo referencia a Filipenses 2:9 y Hebreos 1:4 como ejemplos adicionales (p. 451). Observe cuidadosamente: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra” (Filipenses 2:9-10, énfasis añadido; cf. Efesios 1:21). Esto es exactamente lo que Jesús reclamó para Sí mismo cuando expidió la “Gran Comisión” a los apóstoles: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18, énfasis añadido). La referencia de Pablo al nombre de Jesús fue una referencia a la autoridad y jurisdicción de Cristo. El hecho que el nombre de Jesús sea sobre todo nombre significa que Su autoridad trasciende todas las demás autoridades. Como Findlay explicó, “‘[e]l nombre del Señor Jesucristo’ es la expresión de su autoridad como ‘Señor’” (Spence y Exell, 1958, p. 155, énfasis añadido). A.T. Robertson hizo referencia al uso de anoma en Mateo 28:19 como otro ejemplo en que “nombre” “lleva la idea de ‘autoridad de’” (1934, p. 740).

Después que Moisés presentó las demandas de Dios a Faraón, regresó al Señor y se quejó de la reacción vengativa de Faraón: “Porque desde que yo vine a Faraón para hablarle en tu nombre, ha afligido a este pueblo; y tú no has librado a tu pueblo” (Éxodo 5:23, énfasis añadido). El hecho que Moises hablara en nombre de Dios significaba que estaba hablando solamente aquellas cosas que Dios quería que se dijera. Después de sanar al hombre cojo, Pedro explicó a la gente: “En su nombre...le ha confirmado” (Hechos 3:16, énfasis añadido). Él quiso decir que la autoridad y poder de Cristo logró la sanidad. De igual manera, cuando a Pablo le llegó a desagradar la condición de la muchacha poseída con un espíritu, declaró: “Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella” (Hechos 16:18). Él también quiso decir que tenía la autorización y aprobación de Cristo para hacer tal cosa.

Así que cuando Pablo declaró que todos tienen la obligación de actuar “en el nombre del Señor Jesús” (Colosenses 3:17), estaba indicando que toda conducta humana debe ajustarse a las directivas de Jesucristo. Todo lo que una persona dice o hace debe tener la aprobación y autorización previa de Dios. Al escribir en 1855 desde Glasgow, Escocia, John Eadie, erudito en estudios del Nuevo Testamento, resumió muy bien la idea central de Colosenses 3:17: “Esto...significa estrictamente—por su autoridad, o generalmente, en reconocimiento de la misma. Hablar en Su nombre o actuar en Su nombre, es hablar y actuar no para Su honor, sino bajo Su autorización y con la convicción de Su aprobación” (1884, 4:249, énfasis añadido).

ILUSTRACIONES DEL ANTIGUO TESTAMENTO

El principio bíblico tiene implicaciones enormes. Ningún ser humano tiene el derecho de introducir una práctica o actividad religiosa para la cual las Escrituras no proveen aprobación. Simplemente los seres humanos no tienen la libertad ante Dios para modelar la religión y moralidad según sus propios deseos. Caín aprendió esto duramente cuando no ofreció el sacrificio preciso que Dios había designado (Génesis 4:5-7; Hebreos 11:4; 1 Juan 3:12). Dios consumió las vidas de Nadab y Abiú a causa de lo que ellos consideraron un cambio menor en su ofrenda (Levítico 10:1-2). Ellos eran las personas correctas, en el momento y lugar correcto, con los incensarios correctos y el incienso correcto—pero el fuego equivocado. Esta desviación de las especificaciones exactas de Dios fue fuego “extraño...que él nunca les mandó”. El cambio no destacó la santidad de Dios y no le brindó el respeto que merecía (Levítico 10:3).

Dios rechazó a Saúl por atreverse a ofrecer un sacrificio que no estaba autorizado a ofrecer (1 Samuel 13:8-14). Se le censuró por segunda vez por hacer un ajuste ligero a las instrucciones de Dios (1 Samuel 15:22-23). Perdió su corona y la aprobación de Dios. Su estado delante de Dios no cambió ya que él justificó sus alteraciones basado en que estaba tratando de tener “relevancia cultural”. Dios hirió mortalmente a Uza simplemente porque tocó el arca del pacto—aunque su motivo aparente fue proteger el arca (2 Samuel 6:6-7). David admitió que ellos habían merecido el desagrado del Señor porque no le buscaron “según su ordenanza” (1 Crónicas 15:13; cf. Números 4:15; 7:9; 10:21). En otras palabras, Dios había dado información previa en cuanto al transporte adecuado o autorizado del arca, pero no se siguieron esas instrucciones. El transporte del arca no se hizo “en el nombre del Señor”, es decir, ellos lo hicieron a su manera en vez de según la prescripción divina.

Note que estos casos involucraban a personas que estaban dedicadas a actividades religiosas. Estos individuos eran religiosos. No eran paganos, escépticos o ateos. Estaban intentando adorar al Dios verdadero. ¡Eran creyentes! Pero no se sometieron de manera exacta a las instrucciones divinas, y esto ocasionó la desaprobación de Dios debido a la razón sencilla que las acciones de ellos no eran autorizadas.

ILUSTRACIONES DEL NUEVO TESTAMENTO

El Nuevo Testamento ilustra este principio repetidamente. La autoridad comienza con Dios. Él delegó autoridad a Jesús (Mateo 28:18; Juan 5:27). Entonces, solamente Jesús tiene la autoridad de definir y designar los parámetros del comportamiento humano en general, y de la adoración religiosa en particular. Por ende, ningún ser humano en la Tierra tiene derecho de hacer algo sin la aprobación previa de Cristo. Juan dijo que aquellos que creen en el nombre de Cristo (i.e., aquellos que aceptan Su autoridad) tienen el poder o el derecho de llegar a ser hijos de Dios. En otras palabras, la fe es un prerrequisito necesario que otorga autoridad divina a una persona para llegar a ser hijo de Dios. Todos los otros seres humanos, i.e., incrédulos, carecen de autorización divina para ser hijos de Dios.

Un centurión romano, oficial que dirigía a 100 hombres, entendió el principio de la autoridad. Él dijo a Jesús: “Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace” (Mateo 8:9, énfasis añadido). Este centurión reconoció que las personas que están sujetas a la autoridad de un poder superior deben recibir permiso para hacer todo lo que hacen. Deben someterse exactamente a la voluntad de su superior.

Incluso los enemigos religiosos de Jesús entendieron y reconocieron el principio de la autoridad. Un día cuando Jesús estaba enseñando en el templo, los principales sacerdotes y ancianos le preguntaron: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿y quién te dio esta autoridad?” (Mateo 21:23). Al comentar en cuanto al uso del término “autoridad” en este pasaje, Betz señaló que los fariseos usaban el término exousia para hacer referencia al “poder de actuar, dado como derecho a alguien en virtud de la posición que tiene” (1976, 2:601). Básicamente, estaban preguntando, “¿Quién fue el que te confirió esta autoridad que te atreves a ejercer? ¿Fue un gobernante físico o Dios mismo?” (Spence y Exell, 1961, 15:321). Estos oponentes religiosamente torcidos al menos entendieron correctamente que alguien debe tener aprobación previa de alguna fuente autoritativa legítima antes de propagar puntos de vistas religiosos. Como Williams señaló, “[n]adie debe atreverse a enseñar sin una comisión adecuada: ¿dónde estaba su autorización?” (citado en Spence y Exell, 1961, 15:320). Si Jesús hubiera estado de acuerdo con la mayoría de religiosos modernos, hubiera dicho, “¿Qué quieren decir con la expresión ‘con qué autoridad’? Dios no requiere que tengamos autoridad para lo que hacemos en religión siempre y cuando no violemos un mandamiento directo que lo prohíba, y siempre y cuando seamos sinceros”.

Pero Jesús no estuvo de acuerdo con el espíritu permisivo y antinómico de hoy. De hecho, Su respuesta a los líderes judíos demostró que estaba completamente de acuerdo con el principio de la autoridad. Procedió a mostrarles que Su enseñanza fue autorizada por la misma fuente que autorizó la enseñanza de Juan el Bautista. Sin embargo, estos líderes religiosos testarudos rechazaron a Juan, y por implicación, su fuente de autoridad. Así que tampoco aceptarían a Jesús quien recibió Su autoridad de la misma fuente (i.e., el cielo). De todas formas, Jesús y Sus enemigos estuvieron de acuerdo que se debe tener permiso previo de Dios para lo que se propugna en religión.

¿Qué quiso decir Pedro cuando escribió, “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios” (1 Pedro 4:11)? Quiso decir que lo que una persona promueve en religión debe encontrarse en la Palabra de Dios. Pero todos sabemos que la Palabra de Dios no autoriza los servicios de dedicación de bebés, los aplausos, la música instrumental, los coros, la adoración a María, la Cena del Señor en cualquier día y las rifas de la iglesia. Por ende, hacer uso de tales cosas viola el principio de la autoridad—no se realizan “conforme a las palabras de Dios”.

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¿Qué quiso decir Pablo cuando escribió, “...para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito” (1 Corintios 4:6)? Quiso decir que cualquier cosa que se hiciera en religión debe encontrarse primero en las Escrituras. Pero todos sabemos que no se puede encontrar en las Escrituras el “drama sagrado”, el movimiento de las manos y la observancia cristiana de Navidad o la Pascua. Hacer uso de tales cosas viola el principio de la autoridad—van más allá “de lo que está escrito”.

ILUSTRACIONES DE LA SOCIEDAD SECULAR

Es interesante que incluso la sociedad reconozca el principio de la autoridad. El ciudadano norteamericano promedio entra a un restaurante y ve dos puertas. La primera puerta tiene un letrero que dice “Servicios Higiénicos”, mientras que la segunda puerta tiene un letrero que dice “Personal Autorizado”. Se interpreta esos mensajes rápidamente en el sentido que el cliente tiene autoridad de entrar por la puerta que tiene el letrero “Servicios Higiénicos”, pero que no le está permitido entrar por la otra puerta. De hecho, la persona sabe instantáneamente que no tiene autoridad para atravesar la segunda puerta—incluso cuando el letrero no dice explícitamente que el cliente no puede entrar. El letrero no indica quién NO puede entrar; solamente especifica quien puede entrar—el que tiene permiso o autoridad de entrar. El cliente tiene la responsabilidad de usar su capacidad de razonar para deducir que él no tiene autoridad para cruzar la segunda puerta.

Al entrar por la primera puerta, el cliente encuentra dos puertas adicionales. La primera puerta tiene un letrero con la figura de una mujer, mientras que la segunda puerta tiene un letrero con la figura de un hombre. Otra vez, se espera que el cliente entienda que solamente las mujeres están autorizadas a cruzar la primera puerta, y solamente los hombres tienen permiso de cruzar la segunda puerta—aunque la palabra “solamente” no aparece en el letrero. Las personas comprenden el principio de la autoridad tan fácilmente y completamente que pueden tener seguridad de lo que pueden o no pueden hacer al simplemente ver una figura. Pero cuando se trata de la religión cristiana y de aquellos que desean ampliar los parámetros de la Palabra de Dios, se reemplaza la autoridad por el deseo irracional y emocional de hacer lo que se quiere hacer.

Cuando una persona compra una aspiradora nueva o un auto nuevo, el producto viene con una garantía de la fábrica. Esta garantía provee al cliente de reparación gratis por el periodo específico de la garantía. Sin embargo, se indica que si el producto no funciona adecuadamente, el cliente debe llevarlo a un “Establecimiento Autorizado”. Si no se hace eso, se anula la garantía. ¿Entiende la persona promedio el principio de la autoridad en este caso? Desde luego. Entiende que el fabricante ha otorgado aprobación previa a un grupo selecto de técnicos que están autorizados a reparar el producto. Se entiende que el cliente tiene autoridad/permiso de llevar el producto a alguno de esos lugares, pero no tiene autoridad de llevar el producto a ningún otro lugar—aun cuando no se indica específicamente que otros técnicos no están autorizados.

Cuando una persona entra a un hospital para someterse a una cirugía, firma un documento que autoriza al médico para que le opere. ¿Qué pensaría del doctor (a quien ha autorizado a realizarle una operación), si él fuera a la sala de espera y viera a su hijo que está esperándole, y tomara a su hijo para operarle? Además de pensar que tal doctor está completamente demente, indicaría que él no tenía autorización para hacer eso. ¿Qué tal si él se justificara diciendo que usted no prohibió específicamente que no podía realizar una operación a su hijo? Ni usted—ni la comunidad médica o legal—toleraría tal tontería. ¿Por qué? La gente normal entiende y vive por el principio de la autoridad. Pero en la religión es diferente. La ridiculez y la anormalidad están a la orden del día.

¿Qué pasaría si su doctor le recetara antibióticos, y usted llevara la receta al farmacéutico, quien le daría antibióticos añadiéndoles estricnina? Al leer la etiqueta, llamaría la atención al farmacéutico y demandaría una explicación. ¿Consideraría que el farmacéutico es racional si se excusara, diciendo, “El doctor no dijo que no debía darte el veneno; interpreté que su silencio era permisivo”? ¿Qué tal si insistiera: “La receta del doctor no prescribe ni prohíbe estricnina”? Pero los que promueven los instrumentos musicales en la adoración insisten que “los mandamientos del Nuevo Testamento en cuanto al canto no prescriben ni prohíben la música instrumental”. Este enunciado es exactamente paralelo a: “La receta del doctor para darle antibióticos no prescribe ni prohíbe estricnina”.

Suponga que usted envía una nota a su hijo en la escuela, diciéndole que vaya a la tienda en su camino a casa y compre un galón de leche y 10 panes integrales. Cuando él regresa a casa, trae un galón de leche, 10 panes tostados y una caja de galletas. ¿Acaso le da un golpecito en la espalda y le felicita por su obediencia? ¿Le elogia por su esfuerzo y sinceridad? ¿O cuestiona su comportamiento como algo inautorizado? ¿Qué sucedería si él justificara sus acciones al insistir que usted no dijo nada acerca de comprar pan tostado o galletas? En cuanto a la música instrumental, un defensor declaró: “Usted no puede abrir su Biblia y mostrarme dónde Dios lo prohíbe”. ¿Qué tal si su hijo le diera la nota que usted escribió y declarara: “No puedes abrir la nota y mostrarme dónde lo prohíbe”? Lo cierto es que él y usted saben que él realizó una actividad inautorizada. Él no tenía su permiso para adquirir pan tostado o galletas—incluso cuando usted no lo prohibió específicamente.

Cuando hace su pedido en la ventanilla de un restaurante de comida rápida, espera que ellos se ajusten a sus instrucciones de manera exacta, sin añadir o sustraer nada de su pedido (cf. Deuteronomio 4:2; 5:32; 12:32; Josué 1:7; Proverbios 30:6). Suponga que usted pida un combo #1: Big Mac, papas fritas grandes y una Coca Cola® dieta grande. Luego se acerca a pagar y la cajera dice, “Es $435.87”, y comienza a pasarle bolsas y bolsas de comida que contienen grandes cantidades de cada producto en el menú. Usted le pidiera inmediatamente que parara, e indicaría que no había pedido toda esa comida. ¿Qué pensaría si ella le respondiera: “Usted no pidió un Big Mac, papas fritas grandes y Coca Cola® dieta solamente; no nos prohibió que le diéramos comida adicional”? Usted pensaría que tal persona está bromeando o que está loca. Los empleados del restaurante recibieron autoridad suya basados en lo que les dijo—no basados en lo que no dijo. No les dio autoridad para sus acciones debido a su silencio. Les autorizó por medio de sus palabras, instrucciones o direcciones. Si ellos van más allá de los parámetros de sus palabras—aunque usted no prohibió específicamente tales acciones—están procediendo sin su autorización. Lo mismo sucede en nuestra relación con Dios y Su Palabra.

AUTORIDAD PARA TODO

Pero ¿significa eso que debemos tener autoridad para todo lo que hacemos en religión? ¿Todo? ¿Qué acerca de las muchas cosas que la Biblia no menciona? Por ejemplo, ¿dónde está la autoridad para los locales de la iglesia, las bancas, la iluminación, la alfombra, los programas de televisión, los himnarios y los platos de comunión?

Considere el caso de Noé. Dios le instruyó a construir un gran barco de madera. Las instrucciones de Dios incluían tales detalles como dimensiones, tipo de madera, puerta, ventana y pisos (Génesis 6:14-16). El principio de la autoridad se aplicaba a Noé en la siguiente manera. Se le había autorizado a construir un barco, pero no se le había autorizado a construir un modo alternativo de transporte (e.g., un carro, un avión o un globo aerostático). Se le autorizó a hacerlo de madera, pero no se le autorizó a hacerlo de otro material (e.g., plástico, metal o fibra de vidrio). Se le autorizó a usar “madera de gofer”, pero no se le autorizó a usar otro tipo de madera (e.g., roble, cedro o pino). Se le autorizó a usar cualquier herramienta y ayuda necesaria para cumplir el mandamiento de Dios (e.g., martillos, clavos, serruchos y ayuda humana).

Considere la Gran Comisión. Dios mandó a Sus emisarios a “ir” (Marcos 16:15). La Biblia describe con aprobación que los predicadores inspirados fueron en una variedad de medios, incluyendo carruajes (Hechos 8:29), cuerdas y canastas (Hechos 9:25), a pie (Hechos 14:20) y por barco (Hechos 16:11). Al reunir toda la información en las Escrituras en cuanto a este asunto, estamos forzados a concluir que la clase de transporte era opcional. Por ende, el que interpreta la Biblia debe concluir que todos los medios están autorizados hoy (incluyendo, por ejemplo, la televisión) siempre y cuando no violen algún otro principio (e.g., el principio de la administración).

Dios manda que todos los seres humanos realicen el proceso de reunir la evidencia bíblica y llegar solamente a conclusiones garantizadas (vea 1 Tesalonicenses 5:21; 1 Juan 4:1). Tenemos la obligación de pesar la información bíblica sobre cada tema y concluir solamente lo que Dios quiere que concluyamos. [Para un análisis definitivo y conciso del principio de la autoridad, vea Warren, 1975; Deaver, 1987].

La Biblia manda que nos reunamos para adoración (e.g., Hechos 20:7; 1 Corintios 5:4; 11:17-18; Hebreos 10:25). Pero es físicamente imposible que una pluralidad de individuos se reúna sin un lugar de reunión. Para obedecer el requerimiento de reunirse, se debe reunir en algún lugar. Tenemos ejemplos aprobados de los cristianos antiguos que se reunían en el tercer piso de las casas (Hechos 20:8-9), en residencias privadas, como también en lugares públicos (1 Corintios 16:19; 11:22; cf. Hechos 20:20). Estamos forzados a concluir que la ubicación es opcional y autorizada, mientras que no viole otros principios bíblicos (cf. Juan 4:21). Por ende, las Escrituras autorizan los locales de la iglesia y los muebles necesarios (e.g., bancas, sillas y luces).

Se puede decir lo mismo de los himnarios. Se manda a los cristianos a cantar (Efesios 5:19; Colosenses 3:16) y adorar en una manera ordenada (1 Corintios 14:40). Dios quiere que cantemos la misma canción juntos (a diferencia de cantar canciones diferentes al mismo tiempo). Algunas maneras de cumplir estas estipulaciones serían usar himnarios, hojas de música o proyectores que proveen a la congregación completa el acceso a la misma canción al mismo tiempo. Por tanto, todas estas herramientas están autorizadas como medios expedientes para cumplir el mandamiento de cantar.

No se autoriza la música instrumental en la adoración. Aunque algunas personas pueden pensar que califica como un expediente—para facilitar su canto—esto no es cierto. Puede ahogar u opacar su canto tanto que ellos piensan que suena mejor, pero realmente el instrumento musical es una añadidura al canto. Es otra forma de música de la misma manera que ver y oír son dos maneras diferentes de percibir. Ver no ayuda a oír, sino suplementa una forma de percepción/observación. Cantar con la voz y tocar un instrumento musical son dos maneras diferentes de hacer música. El canto es autorizado porque Dios lo manda en el Nuevo Testamento (Efesios 5:19; Colosenses 3:16). Dios nos ha dicho que quiere que cantemos. Los instrumentos musicales no son autorizados—no porque Efesios y Colosenses lo excluyan o no lo mencionen—sino porque el Nuevo Testamento no lo manda. En ningún lugar en el Nuevo Testamento Dios nos informa que desea que toquemos un instrumento. Hacerlo es añadir a Sus palabras (Proverbios 30:6) y “pensar más de lo que está escrito” (1 Corintios 4:6).

Se debe participar de la Cena del Señor cuando la iglesia se reúne para adorar (Mateo 26:29; Hechos 20:7; 1 Corintios 11:20). Dios quiere que cada cristiano participe del pan y el jugo de uva. ¿Cómo se puede lograr esto? Se requiere contenedores o recipientes—a menos que se dé uvas a cada persona para que las exprima directamente en su boca. Tenemos el relato de la institución de la Cena del Señor, donde Jesús aparentemente usó una sola copa. Sin embargo, el contexto clarifica que el recipiente fue circunstancial—representaba una figura de expresión conocida como “metonimia del sujeto”, en la cual se habló del recipiente en vez de lo que contenía (Dungan, 1888, p. 279). El contenido de la copa—el jugo—era lo que ellos debían beber, y sobre lo cual debían reflexionar simbólicamente. Estamos forzados a concluir que la manera de distribuir los elementos de la Cena del Señor es autorizada y opcional.

CONCLUSIÓN

Se debe determinarse cada faceta de nuestro comportamiento, y de nuestra adoración, de la misma manera. Dios lo requiere así. Él espera que escuchemos Su Palabra, la estudiemos cuidadosamente y consistentemente para conocer la manera en que debemos vivir en armonía con Su voluntad. Para practicar el cristianismo verdadero, debemos seguir las direcciones de Dios. Debemos ser fieles a la Biblia. Ezequías “ejecutó lo bueno, recto y verdadero delante de Jehová su Dios” (2 Crónicas 31:20). ¿A qué hacen referencias las palabras “bueno”, “recto” y “verdadero”? El siguiente versículo lo explica: “En todo cuanto emprendió en el servicio de la casa de Dios, de acuerdo con la ley y los mandamientos, buscó a su Dios, lo hizo de todo corazón” (vs. 21). Ezequías fue fiel a Dios, haciendo lo que es bueno, recto y verdadero—en el sentido que obedeció exactamente la ley y el mandamiento de Dios, y lo hizo de todo corazón (cf. Juan 4:24).

Muchas iglesias que reclaman ser cristianas han introducido en su creencia y práctica toda clase de actividades, programas y prácticas que no tienen fundamento escritural, i.e., ninguna indicación que Dios los apruebe. ¿Sobre qué fundamento se justifica tales innovaciones? “Bien, satisfacen nuestras necesidades”; “Involucran a más personas”; “Atraen a más personas”; “Generan entusiasmo”; “Permiten que logremos más cosas”; “Realmente nos gusta”; “Estimula el interés”; “Capta la atención de nuestros jóvenes”; “Crea un ambiente cálido y aceptable”; etc. Es increíble que tantos cristianos se desvíen tan lejos de los mandamientos bíblicos. No reconocer el principio de la autoridad bíblica no les eximirá de la desaprobación de Dios.

Al fin y al cabo, cuando meditamos completamente en cuanto a por qué escogemos hacer algo en la adoración, todavía confrontamos el hecho que si lo que hacemos realmente está de acuerdo a las instrucciones de Dios. Por definición, ser fiel a Dios implica conformidad con las directivas divinas—hacer lo correcto (1 Juan 3:7; Hechos 10:35). Cuando alguien “se extravía (i.e., va más allá), y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios” (2 Juan 9), llega a ser infiel y se aparta de los beneficios de la gracia de Dios (2 Pedro 2:20-22; Hebreos 10:26-31; Gálatas 5:4). Permanecer en la gracia y el favor de Dios depende de nuestra sumisión ante el principio de la autoridad que Dios ha establecido.

¿Debemos someternos al nombre de Cristo? Es decir, para ser salvos, ¿debemos tener Su aprobación, autorización y consentimiento previo para todo lo que hacemos en la religión? Pedro declaró: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

REFERENCIAS

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Betz, Otto (1976), “exousia,” El Diccionario Internacional de la Teología del Nuevo Testamento [The New International Dictionary of New Testament Theology], ed. Colin Brown (Grand Rapids, MI: Zondervan).

Bietenhard, Hans (1976), “onoma,” El Diccionario Internacional de la Teología del Nuevo Testamento [The New International Dictionary of New Testament Theology], ed. Colin Brown (Grand Rapids, MI: Zondervan).

Deaver, Roy (1987), La Investigación de la Autoridad Bíblica [Ascertaining Bible Authority] (Austin, TX: Firm Foundation Publishing House).

Dungan, D.R. (1888), Hermenéutica [Hermeneutics] (Delight, AR: Gospel Light).

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Spence, H.D.M. y J.S. Exell, eds. (reimpresión de 1958), “Colosenses” [“Colossians”], El Comentario del Púlpito [The Pulpit Commentary] (Grand Rapids, MI: Eerd­mans).

Spence, H.D.M. y J.S. Exell, eds. (reimpresión de 1961), “San Mateo” [“St. Matthew”], El Comentario del Púpito [The Pulpit Commentary] (Grand Rapids, MI: Eerd­mans).

Moulton, James y George Milligan (reimpresión de 1982), Vocabulario del Nuevo Testamento Griego Ilustrado de los Papiros y Otras Fuentes No-Literarias [Vocabulary of the Greek New Testament Illustrated from the Papyri and Other Non-literary Sources] (Grand Rapids, MI: Eerdmans).

Perschbacher, Wesley, ed. (1990), El Nuevo Léxico Griego Analítico [The New Analytical Greek Lexicon] (Peabody, MA: Hendrickson).

Robertson, A.T. (1934), Una Gramática del Nuevo Testamento Griego a la Luz de la Investigación Histórica [A Grammar of the Greek New Testament in the Light of Historical Research] (Nashville, TN: Broadman).

Vine, W.E. (reimpresión de 1966), Un Diccionario Expositivo de las Palabras del Nuevo Testamento [An Expository Dictionary of New Testament Words] (Old Tappan, NJ: Revell).

Warren, Thomas B. (1975), ¿Cuándo Es un “Ejemplo” Obligatorio? [When Is An “Example” Binding?] (Jonesboro, AR: National Christian Press).



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